Soy un convencido que tanto el paso del tiempo, así como el apuro por recorrer la vida, hace que muchas cosas queden en el olvido; los juegos de infancia, las sonrisas compartidas, la alegría de los cumpleaños. Entonces, de manera consciente o inconsciente, se pone distancia y en muchos casos se rompen los lazos de sangre. Así, el tiempo, ese maldito tiempo y el afán de recorrer la vida, nos convierte en extraños, en desconocidos, en un lejano recuerdo que no despierta ningún interés; en lágrimas que aunque recorren el mismo rostro, llevan el sabor a sal de mares diferentes.