Si hay algo que he aprendido cuando viajo con mi esposa, es estar abierto a visitar lugares que no estan en el itinerario. Así ocurrió con esta visita a Ronda. Estabamos hospedados en Estepona, una ciudad en la llamada Costa del Sol, a unos kilómetros pasando Málaga. Un día mientras tomabamos un taxi (es bueno conversar con los taxistas) el conductor nos sugirió ir a Ronda. El bus sale de Málaga y luego de casi una hora de rodar por una zigzagueante carretera, se llega. A una altura de 750 metros, Arunda, como la llamaron los romanos, abre sus puertas a los visitantes.
Esta foto tomada aproximadamente a las dos de la tarde, en una pequeña plaza frente a la iglesia Santa María de La Encarnación La Mayor. Es la hora de la siesta y el silencio se adueña de todo. La siesta, ese corto lapso de tiempo en donde el mundo se detiene para descansar, para pensar, para soñar, o tal vez más importante aún, para olvidar. Creo que si todo el mundo adoptara esta vieja costumbre, viviriamos más, disfrutariamos más del tiempo, de ese olvidado placer llamado vida. La siesta, cuando esas pesadas y largas ventanas de madera se cierran para dejar escuchar el silencio del tiempo, para hacerle saber al mundo que no tenemos apuro por la vida, ni tampoco apuro por la muerte.
En un tiempo, existió el puente árabe, luego se construyó otro puente al cual se hace referencia hoy día como el puente viejo, pues como pueden ver en esta foto este es el puente nuevo, el cual comunica la parte vieja de la ciudad con la llamada parte nueva.


