Navidad, noche mágica donde la tierra se detiene para adorar al Rey de Reyes; noche santa regalo de Dios. Noche donde la soledad del tiempo se hace eterna, donde el silencio se convierte en el oro más preciado, la luz de una vela encendida en vida y el olor del incienso de mirra, en la sangre que corre por las venas del hombre.
Feliz Navidad a todos. Buon Natale a Tutti. Puo scrivere in italiano.
No se porque, pero esta visita al “mall” fue diferente, una de mis pocas visitas, pues soy un convencido que en Estados Unidos cuando se visita un centro comercial se han visto todos. Desde el segundo piso y protegido por el barandal, se veía la parte de abajo repleta de personas cargando cartuchos con toda clase de compras. En el centro un enorme árbol de navidad con regalos, gigantescos adornos, un trineo tamaño real y por supuesto Santa. A un lado una larga fila, can tal vez cien personas todos en línea entre los que se podían ver ansiosos e inquietos niños, así como cansados pero entusiasmados padres en espera de sentarse, entregar cartas y por supuesto, la obligada foto con Santa.
Pero me llamó la atención algo, Santa estaba sentado y delante de él una enorme área muy bien definida y protegida por agentes de seguridad del mall. La seguridad, estoy seguro, no era por si alguien pretendía secuestrar al señor, sino para evitar que algún niño se aproximara sin que antes los padres pagaran en la caja registradora por la foto. La verdad que al asunto me llamó la atención; Santa solitario en la silla, la enorme fila, y los de seguridad como fuerza de contención. Una vez dada la orden por el seguridad, el padre o la madre se acercaban a la registradora donde la encargada enseñaba las opciones, y como lo importante es hacer al niño feliz, el “tarjetazo” no se hacía esperar. Sólo entonces, les era permitido a los niños pasar a ver a Santa, sólo entonces.
La verdad sentí tristeza del espectáculo; pero esto es la navidad, un gran circo comercial, una gran fiesta capitalista. Había presenciado en toda su sencillez o complejidad, ese macabro y tenebroso monstruo del capitalismo en acción. Nada es gratis, todo tiene un precio, incluso Santa. Al final de ese día, el jefe de Santa sería mas rico, Santa un instrumento de esta riqueza, los padres de la criatura estarían más endeudados dependiendo de la cantidad de fotos que la cajera logró empujarles y los niños, con una foto que en cuestión de días no les despertaría ningún interés y pasaría, igual que los juguetes, al olvido. ¿Y el Niño Dios? Bien gracias. ¿Y la estrella de Belén? Bien gracias. ¿Y los pastorcitos colocados en el nacimiento? Bien gracias. ¿Y el amor de María por el hijo que en la plenitud de la vida moriría crucificado? Bien gracias.
No se, pero ese día, la furia del capitalismo me golpeó, me molestó; la comercialización de este personaje “Santa” daba frutos. Un instrumento para hacer a alguien más rico, a unos padres más pobres y a niños verdaderos sonámbulos en espera de fantásticos juguetes. ¿Y la verdadera razón de la navidad? Perdida, robada, sepultada por fajos de dólares dentro de la registradora, olvidada y crucificada, una vez más.